Hidrogenesse y el desgarro lúdico

Aunque yo, por supuesto, lo he usado más de una vez, existe un tópico en la prensa musical del que hay que rehuir siempre que sea posible. Eso creo, al menos. Es esa frase tan manida de “contentará a sus fans, pero no hará cambiar de opinión a sus detractores“. La idea se puede transmitir de mil maneras, a ser posible implícitamente, evitando utilizar esas gastadas palabras, pero lo que no deja de ser cierto es que ese concepto es definitorio de una realidad; la más repetida, probablemente: “Sabía que no me iban a gustar, no debería haber venido” o “¡Son los mejores! ¿Ves?“. Que dicha realidad sea fruto de la testadurez del público (nadie se equivoca nunca), ya es otra cosa.

Les cuento todo este rollo porque, hoy por hoy, un directo de Hidrogenesse supone uno de esas contadas excepciones al tópico expuesto ahí arriba. Aunque a mí me gustaban, mi impresión positiva sobre ellos se incrementó exponencialmente cuando los vi hace casi un año en Madrid, en la Sala Neu! Y diría que el pasado viernes, en Cádiz, Hidrogenesse, aparte de demostrar que no son un grupo de un solo tema -ni de dos, pero de esto hablaremos luego- convencieron a más de un reticente.

En los pasados posts hablamos de Situacionismo, de que Hidrogenesse es la manifestación más avanzada de lo que pretende ser Austrohúngaro, un colectivo en constante estado de iluminación creativa, una sociedad artística más que otro sello indie, sólo apto para mentes inquietas y con ganas de ser sorprendidas, a cambio, claro, de pagar a veces el precio de la decepción. Es lo que tiene la experimentación sin red. La, ejem, independencia.

Si tienen dudas sobre todo esto, es que no asistieron el viernes a la WSala. En el recoleto pub gaditano, Hidrogenesse demostraron que sus canciones no están completas con el proceso de composición-pinchada-escucha, sino que necesitan imperiosamente ser interpretadas, dramatizadas, para alcanzar su plenitud. La experiencia de ver a Carlos Ballesteros cantando “Los Perezosos” mientras Genís se apaña con sus quintas con esa mandolina austrohúngara, no es comparable a la que proporciona la escucha en frío del disco en el salón de casa o (¡sigh!) en el ordenador.

Son las escenas que hacen diferente a los autores de “Disfraz de tigre“, las poses obligatoriamente hieráticas (esos taconazos siempre me harán tragar saliva) de Genís, el ligero estiramiento de cuello hacia el micro cuando toca vocodear, los bailes saltarines de un Carlos caracterizado como veraneante de Benidorm ye-yé, con sus “Victoria” y su ridícula gorra, los guiños a la cultura pop entre canción y canción, una cultura pop condensada y homenajeada en esa obra maestra que es “Así se baila el siglo XX” o la inteligente “Eres PC, eres MAC“. Y, si Mirador POP no quiso evitar la ocasión de hacer un guiño a las fechas invitando a anís y polvorones, ellos quisieron solidarizarse con todos aquellos que sufren los compromisos propios de las fiestas en forma de comidas de empresa con “El poder de mis tejanos“.

Oportunidad, lucidez, ironía, burla y… burlesque: Homenajes a la cultura local barcelonesa del Paralelo con “El vestir d’en Pasqual“, tonadilla popularizada en los setenta por Guillermina Motta. Y otro respetuoso recuerdo al gran Carlos Berlanga, tiñendo con su propia personalidad el difícil clásico “Tazas de té“, una de las desgarradas odas de Carlos a la pasión entre iguales, y perteneciente a “Indicios“, el disco que felizmente reeditó Austrohúngaro hace ya seis años.

Pero decía que Hidrogenesse demostraron que no son un grupo de un solo tema, ni tampoco de dos, porque esos dos en los que están pensando cuentan con una diferencia cualitativa. El dúo conformado por Genís Segarra y Carlos Ballesteros posee, más bien, el afortunado privilegio de contar en su repertorio con dos auténticos trallazos. La clase de canciones por las que haces el esfuerzo de ir a un concierto y pagar una entrada; esas que, de alguna manera, te obligan a estar en guardia todo el rato, atento, no sea que se te pase alguna. Me refiero, ya lo saben, a “Disfraz de tigre” y a “No hay nada más triste que lo tuyo“, convenientemente reservadas para el final del concierto, junto a “Estafa“, desbordando el éxtasis lúdico colectivo -máscaras en mano-, tan necesario y tan complementario al, tantas veces sobrevalorado, emocional. Magistrales.

Isaac Lobatón
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